Institucionalización de niños en Chile (primera parte)

En 1990 el Estado chileno ratificó la Convención Internacional de los Derechos del Niño (CIDN), y con ello se comprometió a la tarea primordial de diseñar e implementar una política de protección de derechos destinada a los niños, niñas, adolescentes y sus familias en circunstancias de riesgo y vulnerabilidad social. Lo que viene a introducir este hito es un cambio radical en la concepción de la infancia, transformando al niño de objeto a sujeto de derechos y regulando, desde esta perspectiva, su situación jurídica y sus relaciones con la familia, la sociedad y el Estado.

Uno de los derechos que la convención busca proteger y resguardar es el derecho de los niños a vivir y ser criados preferentemente por su familia. En el caso de los niños que hayan sido privados de su medio familiar de origen, el derecho internacional establece una clara preferencia a favor de dejar el cuidado de los niños a otros familiares o a una familia sustituta. Sólo en caso de que está opción no sea posible será lícito el recurso de la institucionalización.

Históricamente, el Estado Chileno recurrió a la institucionalización como una forma de garantizar el bienestar y la protección de la niñez abandonada y gravemente vulnerada: “La internación de niños en asilos fue la forma casi exclusiva de atención a la infancia desvalida, ya fuera por causa de orfandad, o de abandono familiar, o de vagancia, o por condiciones deplorables de la familia. La forma de atención tendía a la separación y desarraigo familiar aun cuando ella se produjera por un tiempo más o menos breve”. (Anríquez, 1994, p.155)

Corresponde al Estado entonces asegurar una adecuada protección y cuidado a los infantes, cuando los padres y madres, u otras personas significativas, no tienen la capacidad para hacerse responsables. El Servicio Nacional de Menores (SENAME) establece que la implementación de residencias forma parte del compromiso del Estado de Chile hacia la protección de la infancia mediante un sistema que integralmente restituya el derecho de los niños a vivir con su familia de origen y habilite y fortalezca las capacidades de responsabilización de los padres hacia sus hijos.

Ahora bien, se ha podido observar a lo largo de los últimos 50 años y, con mayor fuerza en Chile a partir de la ratificación de la CIDN a principios de los noventa, que la institucionalización en lugar de mejorar la situación de los niños y sus familias los expone a situaciones de riesgo que perjudican severamente su desarrollo y la posibilidad de restablecer vínculos con su familia de origen y la sociedad.

A través de las investigaciones de autores como Rene Spitz y John Bowlby, se ha descubierto que la separación con la figura materna y la discontinuidad de los cuidados propios de las instituciones son elementos perjudiciales para el sano desarrollo de un niño. Para un bebé los mayores efectos nocivos de la institucionalización residen justamente en la carencia de relaciones afectivas estables durante los primeros años de vida.

Serían determinadas variables, características y procesos que poseen las residencias, las que determinan en mayor o menor medida la vulnerabilidad y el daño que generan en la vida psíquica de un niño. Estas características tienen que ver con el tiempo de institucionalización, recursos físicos del centro centrados en la calidad y cantidad de la infraestructura, calidad del vínculo de las cuidadoras y razón de niños por cuidadoras. En la medida que se intervenga sobre estas variables, las condiciones de bienestar y adecuado desarrollo de los niños se verían altamente favorecidos.

Desde esta perspectiva, institucionalización y carencia afectiva aparecen como dos conceptos aparejados. La institucionalización como proceso de pérdida de los vínculos tendría como consecuencia privar al niño de las porciones mínimas de afecto que le permitirían vivir y desarrollarse. Ahora bien, será relevante para el desarrollo de este proyecto de investigación diferenciar institucionalización y carencia afectiva, y determinar cómo es que estos conceptos se encuentran y relacionan.

Según lo dispuesto por la Ley Nº 20.032, las residencias de protección son instituciones cuyo propósito es garantizar el cuidado y la protección de niños y niñas de manera estable y continua, cuando estos han debido ser separados de su familia de origen y su permanencia con ésta implica un peligro para su integridad física, psicológica y/o social, lo que se traduce en una vulneración de sus derechos. (SENAME, 2008)

En la actualidad la línea de acción programática residencial implementada por el Servicio Nacional de Menores concentra aproximadamente 13.321 plazas convenidas para niños/as entre 0 y 18 años y 322 residencias dispuestas en todas las regiones del país. (UNICEF, 2010)

La política de la institucionalización es una medida que se caracteriza como excepcional y transitoria, pues constituye el último recurso para garantizar desde el Estado la protección de los niños gravemente vulnerados. Durante el tiempo que un niño permanece en la institución debiesen llevarse a cabo a lo menos dos tareas: la restitución de los derechos vulnerados y en la reintegración de vivir en el seno de una familia.

La primera tarea consiste en asegurar una adecuada calidad de vida de los niños internos, para favorecer su desarrollo integral y minimizar las consecuencias de la separación con su familia de origen y la posterior institucionalización muchas veces prolongada. Un hogar debe garantizar una serie de condiciones que apunten a la satisfacción de necesidades básicas, físicas, psicológicas y sociales. Para cumplir con este objetivo se propone que las residencias desarrollen e implementen intervenciones personalizadas orientadas a promover la contención en momentos de crisis, la satisfacción de necesidades emocionales y la reparación del daño producto de las graves situaciones de vulneración experimentadas tempranamente. Todos estos aspectos debiesen garantizar el cuidado y bienestar de un niño durante su permanencia en la institución.

La segunda tarea apunta a la intervención familiar con el objeto de evaluar y fortalecer la habilitación de roles parentales que posibiliten la restitución del derecho de vivir en familia para el niño. Se busca que los progenitores puedan asumir de manera apropiada y responsable el cuidado de sus hijos y así garantizar el egreso de estos en el menor tiempo posible. Cuando no existen las condiciones para garantizar un egreso favorable con la familia de origen, sea por inhabilidad parental o por situación de abandono, la residencia debe favorecer los procesos judiciales de susceptibilidad de adopción. Ahora bien, instituciones de protección deben propiciar la interacción positiva entre padres e hijos con el objeto de potenciar los vínculos entre ellos y hacerlos partícipes de los procesos de reparación, acercamiento y reinserción familiar.

En definitiva, el Estado chileno, por medio de las instituciones de protección, garantiza el cuidado y la restitución de los derechos de los niños gravemente vulnerados, a través de procedimientos que apuntan a la satisfacción de necesidades fundamentales para el desarrollo integral y optimo de un niño durante su internación, y a la intervención sobre las familias que no han sido capaces de asumir responsablemente sus roles parentales. Sobre lo anterior cabe entonces preguntarse si efectivamente estas medidas han favorecido a la conformación de contextos institucionales más dignos y cuyo objetivo sea realmente la desinternación en el menor tiempo posible.

Goce institucional y desamparo psíquico

Las instituciones de protección para niños, históricamente han estado asociadas a los mecanismos del poder disciplinar, aquella forma de ejercicio del poder cuyo objetivo es la normalización y el disciplinamiento sobre el cuerpo de los individuos por medio de un saber construido científicamente. El cuerpo, como organismo dotado de capacidades y necesidades, será el destinatario de una serie de técnicas individualizantes cuyo propósito será el aumento de sus aptitudes, su educación, adiestramiento e integración eficaz a un sistema de control. Los procedimientos utilizados para este objetivo son básicamente la distribución de los individuos en el espacio y el control de sus actividades. La función disciplinaria tiende a la regulación de los individuos insertos en la institución y se constituye como un mecanismo que va de la disciplina a la regulación de los cuerpos con el fin de controlar por medio de la instalación de una norma la singularidad y particularidad de los sujetos.

La institución se apropia de la vida del niño, se vuelve soberana sobre su historia y su conducta. Esto se traduce en la falta de cuestionamiento sobre las prácticas y decisiones que la institución realiza afectando el diario vivir de los niños. Prácticas que parecen estar dirigidas a mantener el dispositivo disciplinar en lugar de beneficiar al niño durante su permanencia en la institución. Se instala la mayoría de las veces un deseo mesiánico que esta movilizado por la idea de que el niño debe recibir valores y creencias que los harán ser mejores personas. No sólo hay una búsqueda obsesiva por preservar el cuerpo del niño sino también un intenso afán por resguardar una idea sobre la infancia: el mito de la infancia feliz e inocente donde el niño debe permanecer en la ignorancia de su devenir e historia para quedar situado pasivamente al arbitrio de otros que si saben lo que es mejor para él y que deciden sobre aquello que puede o no saber de sus orígenes.

El sufrimiento, la agresividad, la producción de síntomas al interior de la institución revela continuamente una verdad no dicha por parte del niño que difícilmente puede hallar las vías para hacerse escuchar. La institución cierra los espacios a través de los cuales el niño puede posicionarse como sujeto que desea enunciar y acceder a su propia verdad ¿Cómo abrir un espacio para producir la enunciación de aquello que la institución prohíbe, silencia y rechaza?

En el contexto institucional uno de los efectos más graves que genera la desarticulación de la demanda del niño es que se produce progresivamente lo que podríamos denominar la experiencia del desamparo psíquico. El niño corre el peligro de transformarse en un objeto de satisfacción de la institución y sus funcionarios, a saber un objeto de goce. Una institución que se constituye como un dispositivo que goza cuidando el cuerpo de los niños a través de una economía que regula la satisfacción de las necesidades primarias, no es capaz de ofrecer un lugar donde el niño pueda depositar sus objetos psíquicos, sus experiencias y su deseo; elementos de carácter inédito y singular que exceden a cualquier lineamiento técnico que oriente la labor de la institución.

El funcionamiento disciplinar de la institución, basado en una noción desarrollista de la niñez, genera un desamparo de la experiencia singular del sujeto que no encuentra lugar de depósito e inscripción para sus contenidos mentales. Un niño que se enfrenta a la experiencia del desamparo psíquico no sólo va perdiendo la capacidad para demandar y confiar en que otro pueda venir a responder a su deseo. Es también un niño que se abandona a sí mismo, que renuncia a crecer, que se resigna a acceder a la experiencia de construir un vínculo y que, en definitiva, se somete a la maquinaria institucional como única forma de hacer frente y asegurar algo de su subjetividad dentro de la institución.

Un niño que se abandona psíquicamente corre el riesgo de convertirse en un objeto de goce institucional. No reclama, no se queja, no se resiste a la manipulación que se hace sobre su cuerpo y su existencia. Sobrevive pasivamente y se adecua al capricho de otros: la cuidadora, el voluntario, los padrinos, etc. Su experiencia se fragmenta en residuos, migajas de juegos, besos, caricias y miradas. El niño encuentra escasos referentes disponibles que organicen y articulen su experiencia, siendo principalmente los tiempos institucionales, marcados por los cambios de turno, las comidas, la levantada y la hora de dormir, los que van ordenando y limitando la subjetividad. El niño se congela en el presente siendo complejo abrir la dimensión del pasado y del futuro como horizonte temporal de la vida y del deseo.

El desamparo psíquico es entonces la ausencia de significantes que vengan a representar el deseo de ese niño. Ausencia de otro que pueda significar la experiencia cotidiana del niño y dejar huellas o marcas que generen un efecto libidinizante en su cuerpo y vida psíquica. En ese sentido, ¿Cómo libidinizar el cuerpo y la experiencia de un niño en un contexto disciplinar? ¿De qué forma un niño puede salir de su desamparo y dirigir nuevamente una demanda que nace del interés por construir un vínculo con otro?

Transitivismo y separación temprana

Lo que expondré hoy es el resultado de una producción en el contexto de un cartel, instancia de formación que ha tenido como rasgo la constitución subjetiva a la luz del psicoanálisis infantil. Tal producción de saber no podría sostenerla si no es en una transferencia de trabajo con mis compañeros, que ha permitido poner en diálogo los distintos lugares, espacios y posiciones desde donde cada uno ejerce una práctica y más aún, una experiencia con la infancia. En particular esta ha tenido que ver con las consecuencias que tiene para un niño pequeño la separación de sus padres y la vida en un hogar de protección. De esto solo puedo hablar desde mi lugar acompañando terapéuticamente a niños que por allí han pasado, compartiendo también con muchos otros, durante el tiempo en que he estado, tiempo en el que he podido observar el momento en que despiertan, cuando almuerzan, cuando juegan o pelean entre ellos; cuando duermen, cuando no pueden dormir, cuando son visitados y les toca despedirse, y cuando esperan y esa espera se alarga más de lo presupuestado, ya que el tiempo de ellos es diferente al tiempo de las instituciones, tiempo que deja sus huellas.

El sujeto es un lugar en el Otro, que se sujeta a través del cuerpo. Es cosa de detenerse a observar cómo un niño se ancla en el cuerpo del otro que lo acuna. Precisamente es en esa vivencia del cuerpo donde hay que observar las consecuencias que la separación temprana posee y pensar en las coordenadas en las que se compone y articula el Otro, claves que son corporales y sensoriales, de ritmos, temperaturas, texturas, es decir, un cúmulo de puntos de referencia desde los cuales un niño comienza a ubicar y construir esta alteridad, y que se constituirán como las principales referencias identificatorias a través de las cuales podemos hablarle al sujeto.

Cuando un niño es separado de sus padres y entra en un hogar de protección, podemos pensar en una caída casi total de los puntos de referencia antes mencionados, hitos de una historia familiar que se ha escrito con cuerpo para otro cuerpo a través de miradas, susurros, latidos, caricias, voces, olores que producen el discurso que el niño se identifica. A su vez es, también, una caída de puntos de referencia por parte de los padres; al respecto una madre señalaba lo siguiente en relación con sus hijos cuando egresaron de la residencia: “ahora que salieron, es como si tuviera que volverlos a conocer”. Desde acá no se comprende cómo las instituciones de protección privilegian evaluar la capacidad empática o las pautas de apego de los padres, por sobre la posibilidad de generar espacios de encuentro donde poder volver a resituar estos puntos de anclaje.

Por el lado del niño al llegar a una residencia se encontrará de lleno con un cúmulo de nuevas sensaciones corporales. Su nombre será repetido en distinto tono y volumen, por distintas voces; su cuerpo será manipulado en ocasiones sin que nadie pronuncie palabra alguna, palabras tan necesarias para que una mano sea una mano, un pie un pie, o para que los ojos se transformen en una mirada. Lo recibirán brazos nunca antes conocidos, voces y miradas anónimas en las que su cuerpo quedará fragmentado y esparcido en un discurso que supone, en la mayoría de los casos, únicamente una hipótesis de vulneración y maltrato. Tendrá que utilizar ropa nueva, pocas veces podrá conservar una prenda, ya que constantemente será intercambiada con los demás. Por lo general lo único propio serán los zapatos, y por eso es que son tan importantes, son objetos que fácilmente los niños y niñas reconocen como pertenecientes a otro. Las horas de comida también cambiarán, ya que tendrá que adaptarse lo más rápido posible al ritmo de la institución, además, si es que no come solo, será alimentado por la cuidadora que se encuentre en ese momento a cargo, independiente de si un niño o niña prefiere ser alimentado por alguna cuidadora de su gusto.

Tales vivencias quedan impresas en el cuerpo de cada uno de ellos y traen sus consecuencias. Es la dermatitis que enrojece ciertas zonas de la piel, pero que indica los lugares por donde una caricia no ha pasado; bebés que cerca del año no pueden mantenerse erguidos, u otros que eligen hacer de su cuerpo una coraza, dando la impresión que no necesitaran de otro para vivir. Niños que se autoagreden arrojándose al suelo y golpeando su cabeza reiteradamente, sin evidenciar dolor alguno, al mismo tiempo que su mirada se apaga y pierde. Algunos que al caer y golpearse se levantan como si nada hubiera ocurrido, o que tienen accidentes recurrentemente, siempre llevando consigo alguna herida. También hay otros que casi no enferman, en cambio otros lo están la gran parte del tiempo.

De todas estas experiencias recuerdo una en particular y de gran intensidad. En muchas ocasiones los acompañamientos que realizaba eran en la habitación de los lactantes, allí se podían escuchar un sinnúmero de diferentes tipos de llantos, cuando comenzaba a llorar alguno, el resto también lo iba haciendo progresivamente, y al cabo de unos instantes aparecía alguna cuidadora que por lo general se dirigía a uno o dos de los bebés. Algunos podían calmarse mientras otros continuaban llorando. Sin embargo me resultaba llamativo la presencia de algunos bebés que lloraban con muy poca intensidad, casi como si su llanto fuera imperceptible y se perdiera en el de los demás sin que se lograra escuchar, como si no produjeran ese efecto que hace que el otro se de vuelta a ver quién está llorando. Por lo general las cuidadoras que llegaban se dirigían primero a quien lloraba más fuerte.

Considero que todas las escenas antes mencionadas tienen en común que el llamado al Otro pareciera estar dificultado, o que ha perdido su intensidad, su consistencia, cierta dimensión que lleva el cuerpo hacia el Otro. Por otra parte, algunas de estas experiencias, como el dolor, constituyen una forma de negación de las vivencias del cuerpo, en el sentido que se niega al nivel de un discurso dirigido a un Otro, pero que vemos  reaparecer en lo real del cuerpo. Es la ausencia de una demanda que conecte la experiencia corporal con el discurso que el otro hace, demanda que no se ancla en el cuerpo únicamente por su valor de discurso, sino que cuando existe Otro particular que se afecta ante la vivencia corporal de un semejante y es únicamente desde esa posición donde puede emerger un discurso que afecte a la vez esa vivencia.

A través del transitivismo es que propongo una manera de articular este problema. Este concepto se explica a través de la siguiente observación: un niño se da un golpe en alguna zona del cuerpo y su madre es quien lo sufre, emitiendo un “ay, eso te dolió”.  Es la indicación que hace la madre, a través de un discurso, de una experiencia que ella no ha vivido, pero de la que se siente afectada, suponiéndole un saber a su hijo acerca de su cuerpo. Sólo desde ese momento es que el niño sentirá dolor y con su llanto llamará a otro que nombre eso. Se trata de una doble negación, división y represión de quien emite el discurso y de quien se lo identifica, ya que el que nombra la experiencia niega el desconocimiento de la vivencia de quien la sufre, reprimiendo el afecto que le genera, quedando por esto dividido. Por el lado del niño, este se ubica, identificándose, en el lugar de quien emite el discurso, apropiándose de éste y negando su propia vivencia. El discurso transitivista es un golpe de fuerza, ya que implica a la vez una negación y aceptación de la experiencia de un semejante y que el otro se identifique ese discurso. Cuando la madre dice “ay”, señala que su hijo tiene un cuerpo y limitando así su goce. Esto puede permitir una lectura de la pasividad corporal de los niños que no demandan, de esas miradas pasivas y pérdidas en un horizonte sin palabras, pérdida de la intensidad de este choque de fuerza.

Así, las consecuencias de la separación afectiva y la posterior institucionalización de un niño o niña, tienen como efecto cuestiones relativas al cuerpo, marcas a la espera de un discurso que las puntúe, que haga texto y textura a la vez, cuerpo que se dirija a un discurso que lo afecte, en tanto Otro que dona ese cuerpo por su propia vivencia.

Dejo mi inquietud planteada acerca de la posibilidad de pensar un trabajo psicoterapéutico con niños institucionalizados tomando como puntos de referencia los aportes del transitivismo, suposición de un saber acerca del cuerpo que crea demanda viva.

Miguel Morales

Antes de la separación

Actualmente existen en Chile cerca de doce mil niños institucionalizados. Vulnerados en sus derechos y separados de su familia, a través de una medida de protección, como una forma de protegerlos de la violencia o negligencia ejercida por sus padres, estos niños han debido ingresar a una residencia como una forma de garantizar la protección de sus derechos.

Por medio de este procedimiento el Estado ha intentado dar una respuesta al problema de la infancia gravemente vulnerada cuando la familia se encuentra incapacitada para ejercer y garantizar responsablemente sus funciones de crianza, cuidado y protección. El ejercicio proteccional se materializa entonces a través de la implementación de residencias cuya principal labor será cuidar a estos niños y niñas, por medio de un personal calificado para brindar y solventar adecuadamente sus diversas necesidades físicas, afectivas y sociales.

Una primera consecuencia que se debe visibilizar en los procesos de institucionalización de niños, es que la solución legal implicada en la medida de protección y posterior internación del niño, frente al problema del maltrato grave y la negligencia, trae aparejada una problemática fundamental para la experiencia psíquica de cualquier niño: el daño que se produce como efecto de la separación “afectiva” y ruptura parcial o total de los vínculos con la familia de origen. Inevitablemente detener la violencia trae aparejado como efecto un daño o incluso un traumatismo asociado a la separación.

¿Qué estatuto tiene el problema de la separación para un niño y su familia en el actual sistema estatal de protección a la infancia? ¿De qué forma las instituciones están pensando y abordando los efectos de la separación del niño con sus padres?

Se debe reconocer que las orientaciones técnicas de las residencias de protección, elaboradas por el Servicio Nacional de Menores (SENAME) han mostrado, paulatinamente, una preocupación –al menos por escrito- sobre los efectos que tiene en la vida de los niños la separación y la institucionalización prolongada. Al respecto, es importante precisar, que los esfuerzos hasta ahora se han centrado en promover ambientes institucionales sensibles a las necesidades de los niños, capaces de implementar prácticas de buen trato que minimicen los efectos de las carencias afectivas propias de los contextos institucionales. Desde esta perspectiva, las intervenciones para trabajar terapéuticamente con niños institucionalizados han estado centradas, hasta el momento, en estrategias de regulación emocional y vincular del niño, y en algunos aportes de la teoría del apego a través de la capacitación y sensibilización de las cuidadoras de trato directo.

El respeto por el sujeto de derecho consignado en la Convención Internacional de los Derechos del Niño (CIDN) se traduce entonces en entregar las porciones mínimas de cuidado y afecto reponiendo los objetos de amor perdidos por nuevas figuras sustitutas de los padres que den continuidad y estabilidad emocional al niño. Necesidad, cuidado, afecto y seguridad serían, desde esta perspectiva técnica y teórica, elementos determinantes en la constitución de un psiquismo saludable y adaptado a las exigencia de la realidad.

Sobre lo anterior cabe preguntarse en que medida la sola protección de los derechos y la promoción de un ambiente de cuidados es suficiente para que el niño pueda reparar y elaborar el traumatismo ligado a las experiencias de separación y al daño producto de las situaciones de negligencia y maltrato que determinaron su internación. De esta forma, el problema de la separación, circunscrito a los procesos de institucionalización, nos lleva a interrogarnos por los efectos psíquicos y subjetivos implicados en la ruptura de los vínculos. ¿El sufrimiento del cachorro humano, en este contexto, sólo tiene relación con la privación total o parcial de provisiones afectivas estables y continuas en el tiempo? ¿La existencia humana y la constitución subjetiva solo dependen de la satisfacción de las necesidades que puede brindar un adulto sustituto capacitado para esa tarea?

Las interrogantes enunciadas resultan relevantes por cuanto remiten a reflexionar sobre aquellos elementos fundantes de la constitución del sujeto. Sin lugar a dudas, uno de los mayores legados del psicoanálisis, a partir de su fundación con Freud, es considerar la subjetividad como una producción que incluye a la cultura, la sociedad, el lenguaje y la historia. Desde ahí entonces es que sea plausible considerar que toda separación no sólo implica una ruptura con lo real y lo imaginario, sino que se debe suponer un traumatismo asociado a un corte en lo simbólico, dado que los vínculos para el psicoanálisis no sólo están hechos de materialidad biológica sustentada en un determinismo instintual.

Los vínculos son simbólicos, por cuanto remiten a un orden filial del que el sujeto participa como heredero de la transmisión psíquica del deseo de sus progenitores. A partir del encuentro y la transmisión deseante del otro es que el sujeto se inscribe en un linaje que lo nombra y lo supone ser humano perteneciente a una familia, sociedad y cultura. Acto de trasmisión e historización que requiere de otro, otro aparato psíquico que pueda contener y metabolizar las exigencias pulsionales inconscientes de manera tal que se constituya un andamiaje que brinde la conservación y continuidad narcisística necesarias para la vida psíquica.

Para problematizar está dimensión de la separación, velada tras el concepto de separación afectiva, es que quisiera introducir la noción de desprendimiento simbólico como una vía para interrogar, desde otro punto de vista, los efectos de la separación temprana. Entonces, en el marco de esta presentación, ¿Qué quiere decir desprendimiento simbólico? Solo quiero señalar que, en terminos muy generales, consiste en un proceso que genera un corte en el proyecto identificatorio y de subjetivación del niño como efecto de la separación que produce una medida de protección.

Para el psicoanálisis, la historia y el deseo que precede la existencia del niño es fundante en la constitución subjetiva. Por lo tanto, la ruptura que puede llegar a producirse en ese territorio tiene un impacto significativo en el advenimiento del sujeto humano.

Una de las hipótesis que quiero compartir en este texto establece que la separación y los procesos de institucionalización no sólo privan a los niños de las provisiones afectivas necesarias para su desarrollo. La separación y posterior institucionalización producen un desprendimiento simbólico que priva total o parcialmente al niño de su historia y memoria al obstaculizar la transmisión del deseo y el saber de los padres.

Algo que olvidamos y se olvida frecuentemente en el trabajo que hacen las instituciones de protección es no suponer que antes de la separación de un niño con sus padres hay una historia de vínculos y no sólo una historia de maltrato o negligencia. ¿Quiénes son y fueron esos niños el tiempo que vivieron con sus familias? ¿Quiénes fueron para esos niños los adultos que mantuvieron algún tipo de lazo durante el tiempo que permanecieron juntos? Estas preguntas nos obligan a pensar que la vida anterior a la separación de un niño con sus padres no puede reducirse simplemente a la violencia, negligencia o maltrato, pues no sólo significa situar sus experiencias en un lugar mortifero, sino que supone instalar la idea de la inexistencia de una historia y un deseo previo por ese niño.

A partir de lo anterior se puede constatar que uno de los mayores problemas que tienen las interveneciones que hoy realiza el Estado sobre la vida de estos niños es suponer la inexistencia de un lazo previo o que esos lazos no tienen el valor o la dignidad suficiente para merecer ser reparados; situación que puede observarse con claridad en los cada vez más frecuentes procesos de inhabilidad parental propios de estos contextos. De ahí entonces que se puedan sostener intervenciones que piensen que el otro significativo es algo posible de intercambiar o sustituir, ya que desde ese punto de vista la relación al niño se da sólo en el plano de los intercambios afectivos y la satisfacción de necesidades. Así las habilidades del cuidador privilegiado reemplazan a la presencia simbolizante del otro significativo. Desde esta mirada no se considera que, aun en la ruptura del lazo al otro, hay algo que se vuelve imposible de sustituir o reemplazar.

En este marco los fantasmas del abandono, la caridad, el paternalismo y la adopción obstaculizan la prolongación del discurso de los progenitores produciéndose una disputa por el niño con la institución, que termina por constreñir y/o descalificar el saber que los padres portan respecto del niño internado. En este punto me pregunto ¿Cómo constituyen los padres su identidad de padres si el saber sobre el niño les fue arrebatado por la institución? Y en ese mismo sentido ¿Es posible pensar que la rabia que expresan los padres hacia estas instituciones es finalmente la forma que tienen de defender su saber sobre quien, hasta ese momento, pueden llamar hijo? ¿Una defensa frente al miedo de ser reemplazados, frente al terror de ser olvidados por el niño?

Me parece que en este punto es relevante preguntarse que tipo de saber puede producir una institución sobre un niño más allá de la talla, el peso y su estado de salud; más allá del discurso jurídico y médico. ¿Cuántos adultos que trabajan al interior de una residencia pueden responder con certeza qué es lo que hace feliz a Yeisson, Nayareth o Fernando?

El sujeto de la necesidad, amparado en el sujeto del derecho, parece imponerse al sujeto deseante cuando la experiencia humana se reduce a la satisfacción de necesidades y que la continuidad de los cuidados puede sostenerse en un deseo anónimo y silencioso. ¿Dónde queda la historia traída por los padres? ¿quién porta y transmite el saber previo sobre el niño?

Parece ser un hecho que el actual sistema de atención a la infancia institucionalizada no cuenta dentro de sus lineamientos técnicos con una propuesta de trabajo en relación a los orígenes y la historia de niños que son separados de sus padres y deben vivir en una institución. El riesgo de que un niño pierda las huellas y los registros de sus experiencias previas y actuales se acentúa por el funcionamiento del aparato estatal de protección a la infancia que con insistencia nos muestra sus dificultades para visibilizar y dar un lugar al sujeto psíquico.

El proceso a través del cual se da la separación, así como la estructura y funcionamiento de los procesos de institucionalización vendrían a generar la pérdida de los lazos simbólicos y de la memoria biográfica. Las prácticas institucionales, la ausencia de otro que responda más allá de la necesidad, la falta de una palabra verdadera sobre los orígenes, la imposibilidad de tener pertenencias y objetos propios y la omnipotencia y goce de las instituciones que anula el saber de los padres terminan por generar efectos devastadores en la subjetividad del niño.

En la actualidad las respuestas frente al sufrimiento de los niños institucionalizados se reducen al tratamiento orientado a borrar por fuerza manifestaciones sintomáticas generando la adaptación y regulación del niño al dispositivo institucional. Cabe entonces preguntarse, ¿con qué elementos teóricos y técnicos dispone el psicoanálisis para responder al impacto que tiene para la vida psíquica de un niño la experiencia del desprendimiento simbólico producida por una medida de protección y posterior institucionalización?

En este punto, el trabajo de historización que puede realizar la presencia simbolizante de un otro significativo, implicado en la experiencia cotidiana de un niño, es una coordenada que puede orientar un trabajo terapéutico en el territorio de una clínica de la separación. En definitiva, en este contexto, historizar consiste en producir un saber distinto al que ofrece la institución de protección, un saber que en definitiva humanice y subjetive la experiencia dolorosa del niño.

El anonimato, el silencio y la desinformación sobre las experiencias previas y actuales de los miles de niños que han debido ser separados de sus padres y viven al amparo de instituciones de protección estatales y privadas, es el principal síntoma de una historia despojada de la voz y la mirada de sus protagonistas: los niños y sus familias.

¿Una licitación más?

La publicación de las bases de Sename sobre los “Programas de intervención y reparación de niños institucionalizados  con proyecciones de integración a una familia alternativa a la de origen” denominados PRI, no son un documento más dentro del conjunto de licitaciones que se elaboran y publican anualmente por este organismo del Estado.

En este pequeño artículo, queremos exponer como estas bases dan cuenta con claridad las falencias históricas y estructurales de SENAME, respecto a su labor de protección de los derechos de los niños y niñas más vulnerables de nuestro país, a saber:

  1. Omiten la realidad de las condiciones de desigualdad y marginalidad que generan una medida de protección que tiene como efecto la separación de los niños de sus padres. Así como también, los efectos que tienen sobre un niño las situaciones de vulneración a sus derechos, que determinaron la institucionalización. De esta forma, el perfil que se propone construir del niño se hace sin referencia a esta situación que es específica de los niños institucionalizados. En definitiva, se hace creer que los niños que ingresan a las instituciones lo hacen por el abandono de sus padres.
  2. Propenden al abordaje de los niños como objetos. Específicamente: objetos para la adopción. El niño aparece como un ser deficitario más que un humano de pleno derecho. El sufrimiento que experimenta un niño ante la separación de sus padres y las graves vulneraciones a sus derechos se banaliza y reduce a la autoregulación.
  3. Desconfían de la psicoterapia y proponen a cambio el entrenamiento del niño, perdiendo la particularidad y especificidad propia de la rama clínica de la psicología, cualquiera sea su vertiente teórica. Se presenta un modelo de intervención único, que opera como una imposición teórica de una sola visión.
  4. Desconocen y desconfían del papel privilegiado que puedan tener las instituciones en la elaboración de las vivencias de violencia y separación, como si las instituciones fuesen en sí mismas dañinas y no se dejara ningún espacio para que estas se vuelvan reparadoras, aunque sea en un escenario ideal. Lo anterior se relaciona directamente con la posición que actualmente ocupan los organismos colaboradores de Sename: un papel secundario y de subordinación que no deja espacio al cuestionamiento y reflexión sobre las prácticas que dicha institución impulsa y desarrolla.
  5. El diseño y publicación de este documento se ha tomado como una licitación más, lo que refleja el poco interés y la falta de una reflexión profunda sobre los efectos éticos y políticos de una intervención de estas características en la vida de los niños.

En definitiva esta licitación trasluce y pone de manifiesto el conflicto de SENAME con algunas consideraciones éticas, políticas e ideológicas que se traducen en una concepción de niño limitada, poniendo por escrito y revelando una práctica institucional que no da cuenta de una reflexión ética y técnica apropiada a las políticas públicas que la infancia requiere para lograr un desarrollo como país más humano e igualitario.

Nuevas bases de licitación Sename

Estimad@s:

Queremos comunicarles que el día de hoy, 29 de agosto, SENAME publicó en su página web unas nuevas bases de licitación http://www.sename.cl/wsename/licitaciones/p12_19-07-2011/bases_tecnicas_PRI%2029-08-2011.pdf, las cuales reemplazan a las publicadas el pasado 19 de julio. Tras una revisión comparativa de ambos documentos, hemos podido constatar que se  han realizado modificaciones mínimas, encontrándose éstas únicamente en ciertos párrafos relacionados a los puntos que hemos cuestionado.

Esto nos parece realmente preocupante, pues como gesto no atiende en ningún caso a los cuestionamientos técnicos y éticos a los que hemos apuntado anteriormente. Está demás decir que las bases siguen manteniendo la estructura e ideología acerca de la infancia que ya hemos denunciado, siendo realizada su modificación sin dar explicación alguna, de espalda a quienes trabajan día a día en estas temáticas y sin integrar otros aportes en pos de una democratización necesaria en la construcción de las bases técnicas.

Insistimos en la premura de una revisión exhaustiva y crítica del quehacer de SENAME en relación con la adopción y sus mecanismos de intervención y protección, poniendo énfasis en el derecho que todo niño y niña tiene a su identidad y su historia.

 

Fraternalmente,

Colectivo Infancia Política


Modificación de las bases

Las nuevas bases fueron publicadas en el siguiente link: http://www.sename.cl/wsename/licitaciones/p12_19-07-2011/bases_tecnicas_PRI%2029-08-2011.pdf

La modificación de las bases viene acompañada de una resolución que en su punto número cinco señala lo siguiente:

Que, a este Servicio le asiste la convicción de que es necesario agregar ciertas precisiones a las Bases Técnicas de la Línea de Acción Programas de Protección Especializados, modalidad Programa de Intervención con Niños/as institucionalizados y su Preparación para la integración a Familia Alternativa a la de origen (PRI) que rigen este concurso, toda vez que se reconoce que algunas frases y conceptos de las mismas, pudieran llegar a entenderse como insuficientes, o susceptibles de interpretaciones diferentes, al objetivo primordial que tiene este Servicio, consistente en prestar la mejor atención a los/as niños/as; por lo que se decidió realizar algunas adecuaciones, sustituyéndose el texto anterior de las citadas Bases Técnicas, por las que se aprueban a través de este acto administrativo

 

A continuación hemos seleccionado todas las modificaciones del documento de veintidós páginas. Las modificaciones están en negrita con la indicación del párrafo y la página.

  1. Penúltimo párrafo, pág. 3: Desde esta nueva mirada se plantea que una vez restituido su derecho a vivir en  familia, los niños/as mayores de 3 años y, en especial los mayores de 5 años de edad, estarán en mejores condiciones para trabajar con mayor profundidad su historia de vida. Dependiendo de las necesidades individuales de cada niño/a y de su etapa evolutiva será pertinente definir en qué momento es más adecuado iniciar esta intervención, pudiendo existir casos donde la sola incorporación a una familia que asuma una parentalidad positiva, pudiera ser suficientemente reparadora y no considerarse totalmente necesario su derivación a una psicoterapia. No obstante todo lo expuesto, igualmente el nuevo modelo contempla la posibilidad de tratar, a un nivel básico, las historias traumáticas vividas por los/as niños/as, de acuerdo a su etapa etárea y a sus capacidades cognitivas, afectivas y a las experiencias vivenciadas.
  2. Tercer párrafo, pág. 4: Dado lo anterior, frente a niños mayores de 5 años de edad, respecto de quienes se ha descartado la posibilidad de egreso con su familia biológica, se requiere antes de su incorporación con familia alternativa a la de origen, realizar un proceso de acompañamiento (se omitió la palabra “entrenamiento”) terapéutico que contemple  una intervención orientada a que el niño/a pueda contar con mayores recursos para regularse de mejor manera en el área emocional, lograr un conocimiento global de su historia vital y prepararse para la integración a la que será su familia definitiva.
  3. Último párrafo, pág. 4: Además, debido a la capacidad emergente en el desarrollo de la memoria autobiográfica, no es claro que un niño pueda reformular su vida antes de los 7-8 años (Nelson, 2008). A la luz de la última cita no se excluye la posibilidad de que niños/as menores de 7 años puedan reformular su vida, lo que estará condicionado a las características y competencias individuales.
  4. Nuevo objetivo específico, pág. 5: Contribuir a que el niño/a logre, en un nivel básico, integrar y conectar las experiencias traumáticas vividas, de acuerdo a su etapa evolutiva y al desarrollo de sus capacidades. (pág. 5)
  5. Resultado esperado N°3, pág. 5: Que el 100% de los niños/as atendidos cuenten al momento de integrarse a la familia alternativa a la de origen, con su libro “Mi Historia”. Fue eliminado lo siguiente: …el que deberá ser confeccionado por el propio terapeuta, de modo de no re-traumatizar al niño con su historia de abandono, vulneración y/o abusos en sus distintas manifestaciones. En la medida en que  el niño/a cuente con más  de 7 años,podrá participar en forma marginal en la construcción del libro, siempre que ello se evalué como favorable.  Es importante señalar que  con este grupo de niños/as, el terapeuta trabajará el libro con ellos/as una vez que esté listo y, en un evento único, le relatará la historia que ese libro contiene. Esto es sólo para que el niño tenga una noción general de ella, no para su elaboración, dejando en manos de sus nuevos padres, la necesaria profundización y análisis posterior. En  casos de niños menores de esa edad, se podrá prescindir de contarles la historia y el  material se prepara expresamente pensando en que sean los papás quienes lo usen después.
  6. Letra e), pág.9: Identificación de las áreas y estrategias de intervención: deberán surgir del análisis hecho por el terapeuta frente a las necesidades del niño/a. Este modelo de intervención contempla la integración de la historia de vida de los niños/as como un foco terapéutico a trabajar una vez que el niño/a haya logrado cierto nivel de seguridad emocional y de autoregulación de sus emociones y debe ser considerado bajo ciertas condiciones, que son la etapa evolutiva y las características individuales de cada niño/a. En este punto se señalaba lo siguiente en las bases anteriores: aun cuando desde este modelo de intervención se entenderá que no es necesario orientar el trabajo terapéutico hacia la  elaboración de la historia de vida de los niños/as (menos aún de aquellos menores de 7 años), sino que el trabajo terapéutico debe centrarse en las  estrategias de regulación emocional, que  le permitan adaptarse de mejor manera al ambiente en que vive.
  7. Título 5.5.3, pág. 11: Nota pie de página por el concepto de “entrenamiento” de estrategias de autorregulación del niño/a  bajo condiciones de estrés: El término “entrenamiento” utilizado en las Bases, se refiere a la posibilidad de brindarle al niño/a una instancia de aprendizaje a través de la experiencia, contemplando elementos que le permitan regular mejor sus emociones y lograr mayor seguridad afectiva, en un contexto protegido. 
  8. Letra b), pág. 11: Si bien esto no es una modificación a las bases, sorprende la mantención de esta técnica: Recurrir a la contención emocional con un muñeco/a, peluche o juguete  que sea de preferencia del niño/a. 
  9. Se agregan 3 párrafos en la pág. 13:
  • Una vez que se ha logrado que el niño/a alcance mayor nivel de regulación y seguridad emocional, y considerando tanto su rango etáreo como sus capacidades personales, será pertinente trabajar en la integración y aceptación de su historia de vida, a modo de lograr una resignificación básica de sus experiencias traumáticas.
  • En esta etapa, el terapeuta debe tomar ciertos resguardos respecto al momento y la forma de abordar los contenidos con cada niño/a. Para estos fines, se recomienda utilizar la técnica del Libro de Vida, “Mi Historia”, el cual es posible elaborar en conjunto con el niño/a, de acuerdo a sus características y desarrollo emocional.
  • Si bien esta técnica constituye una herramienta valiosa a utilizar con el niño/a,  también corresponde trabajarlo posteriormente cuando el niño/a se haya integrado a la familia adoptiva, a modo de facilitar la elaboración gradual y progresiva de su historia, lo que es congruente con el hecho que la verdadera reparación del abandono y de las vulneraciones vivenciadas corresponde a un proceso continuo que se va desarrollando a lo largo del tiempo y que, generalmente, se consolida durante la adultez.